Biblias, bifes y balas

Por Federico Müller, Mariana Pizzul e Iago Vieyra

En medio de un escándalo que lo vincula al asesinato de una militante social, el gobierno de Jair Bolsonaro sigue alentando la mano dura y la violencia institucional en Brasil. Sin embargo, esto refleja los deseos de su base de votantes: ultraconservadores religiosos, fanáticos de las armas, y terratenientes lo apoyan ciegamente.

El gobierno del presidente brasileño Jair Bolsonaro está atravesando una tormenta política desde que salió a la luz un informe que vuelve a vincular a la familia presidencial con el asesinato de la concejala y militante social Marielle Franco. Según difundió Tv Globo, el asesino de Franco pasó horas antes del crimen por el barrio privado donde vivía el primer mandatario y se le permitió ingresar desde el departamento perteneciente al clan Bolsonaro. Esto se sumó a la probada relación estrecha entre los asesinos y los hijos del presidente y el escándalo ya amenaza con poner en jaque al líder ultraderechista. 

El presidente se tomó el informe como un ataque personal. Esta vez el tiro pasó demasiado cerca del mandatario,  quien se encontraba en un viaje diplomático en Arabia Saudita y salió a dar explicaciones en una transmisión en vivo por Facebook a las cuatro de la mañana. Desencajado y furioso, acusó a los periodistas que publicaron la información de “canallas”, dio a entender que dificultaría la renovación de las licencias televisivas de Tv Globo y uno de sus hijos, Eduardo Bolsonaro, llegó a decir que si la izquierda “se radicalizaba”, se podría dictar alguna medida como la “AI-5”, refiriéndose al decreto que anuló garantías constitucionales y dio inicio a la dictadura de 1964.   

El ascenso de este político ultraderechista, capaz de amenazar con suspender garantías constitucionales, no sucedió de un día para el otro.  Se origina en un desencanto con las expresiones políticas tradicionales que halla sus orígenes en las denuncias de corrupción durante los gobiernos progresistas del Partido de los Trabajadores, encabezado por Luis Inacio “Lula” Da Silva y Dilma Rousseff y el posterior fracaso del gobierno de centroderecha de Michel Temer, que abandonó el poder con una imagen positiva de tan solo el 3%. Solo ante el fracaso de la política tradicional se explica que el casi ignoto Bolsonaro, un polémico diputado federal de segunda línea que durante 28 años sólo consiguió aprobar dos proyectos de los casi doscientos que presentó, lograra  consolidarse como un candidato viable. Pero, ¿cómo sucedió esto?

Una receta probada

Bolsonaro siguió el manual de Donald Trump Bolsonaro siguió el manual de Donald Trump y de lo que los analistas políticos describen como “Alt-Right” o “derecha alternativa”, términos con los que se describe a la ultraderecha moderna que hace uso de la incorrección política y el extremismo discursivo como herramientas para dejar en off-side a la derecha tradicional. El propio presidente, cuando aún era candidato, describió a su base de votantes como “biblias, bifes, y balas”. 

Amplios sectores de la ultraderecha evangelista se plegaron de forma instantánea al candidato, que no duda en atacar al discurso feminista, a la comunidad LGBT+, y a lo que consideran un “marxismo cultural” que corrompe a la juventud. Su apoyo, con gran despliegue territorial, fue esencial para garantizar que su mensaje llegara a una gran masa de electores 

A medida que ganó popularidad en las encuestas, el sector económico -especialmente el agropecuario- se volcó a su favor. Los grandes terratenientes, en conflicto constante con las poblaciones originarias, vieron en Bolsonaro un candidato que los respaldaría y les daría mayores libertades en materia de protección ambiental y de uso de armas. 

Por último, Bolsonaro cosechó el apoyo de las milicias, grupos paramilitares cuestionados por diversos organismos de derechos humanos.  Estos autodenominados “grupos de autodefensa” -que no son más son bandas formadas por policías o militares retirados- hicieron su aparición hace dos décadas con el supuesto fin de combatir el narcotráfico en las favelas. Lejos de lograr su objetivo, han creado un  “estado paralelo” especialmente en los barrios del oeste de Río de Janeiro. Son actores en todas las actividades económicas, brindan “protección” a los vecinos, gestionan instituciones comunitarias y han logrado que algunos de sus miembros sean electos como autoridades municipales. La familia Bolsonaro tiene extensos vínculos con estas organizaciones que pregonan el uso de armas de forma indiscriminada por parte de civiles como mecanismo para disminuir la delincuencia. 

Carta blanca para matar negros

Fuente: Foro Brasilero de Seguridad Pública

Desde la llegada al poder de Bolsonaro, Brasil ha vivido un endurecimiento represivo y una cada vez mayor limitación de los derechos sociales y políticos de las minorías. 

Las muertes a manos de la policía han aumentado un 16%  en los últimos meses en Río de Janeiro, según surge de las estadísticas oficiales. Solo entre enero y agosto de 2019 fueron asesinadas 1.249 personas, en su mayoría jóvenes afroamericanos de las favelas. Asimismo, se ha registrado un aumento de casos de gatillo fácil contra menores de edad.  La mayor parte de las muertes se dan en redadas policiales en las que la policía dispara a mansalva y muchas veces asesina personas sin ningún vínculo con el mundo criminal. 

Las fuerzas de seguridad sostienen que no han recibido órdenes de matar por parte de ningún poder del Estado. Pero el aumento de casi un 50% en el número de estas operaciones muestra que ya sea de forma directa o indirecta los discursos de Bolsonaro y de Marcelo Crivella, alcalde de Río de Janeiro, han llevado a una escalada en la violencia. Ninguno de los dirigentes escatima elogios a las fuerzas de seguridad e impulsan cambios legislativos que garanticen la impunidad de los agentes que matan durante operativos.

El sector agropecuario también se vio beneficiado en este sentido. Desde el 1 de enero de 2019 se ha favorecido la extensión de la frontera ganadera por parte de grandes terratenientes y se multiplican los casos de ataques contra pueblos originarios. Según el último informe de la Comisión Pastoral de Tierra (CPT), hasta agosto de este año, Brasil registró la muerte de 19 personas en conflictos rurales. Entre los muertos se encontraban líderes indígenas, arrendatarios, un funcionario, un sindicalista y un ambientalista. El mismo informe advierte sobre las consecuencias que podría tener la aprobación de un proyecto de ley que extiende la tenencia de armas en propiedades rurales. 

Es que la flexibilización en las leyes de tenencia de armas por parte de civiles también es un factor de preocupación entre los detractores del líder ultraderechista. Los paralelismos con Estados  Unidos, donde esto es casi una política de estado, son inevitables. Dos meses después de su asunción al poder, dos estudiantes de la localidad de Suzano, en Sao Pablo entraron armados a la escuela y asesinaron a diez personas.

“El problema de Bolsonaro no es tanto la represión que ejerce de forma directa, si no la habilitación que hace a las fuerzas de seguridad, a las milicias, y a los terratenientes para matar sin consecuencias”, sostiene Ignacio Lemus, corresponsal de Telesur en Brasil.

En efecto, Bolsonaro ha soltado las cadenas que mantenían contenida la violencia en Brasil.  Y ni siquiera sus mayores detractores pueden predecir bien a que podría llevarlos un recrudecimiento de su retórica, si ve amenazadas sus chances de mantenerse en el poder. El asesinato de Marielle Franco por partidarios del presidente, sin embargo, parece suficientemente vehemente.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *